El lenguaje interplanetario de Baikonur

“Lo de mañana lo vamos a recordar siempre, ¿no? En general lo increíble es azaroso pero esto ya lo sabemos por adelantado”, dijo uno de los camarógrafos rusos del equipo. A todo el resto nos pareció que tenía razón: estábamos en Baikonur a punto de cubrir el lanzamiento de un cohete tripulado. Y entonces asentimos, mientras hacíamos fotosíntesis. Es que los seis traíamos encima infinitos meses de frío gris y el cielo despejado de la estepa de Kazajistán nos parecía un artículo de primera necesidad. O droga. A cada paso que dábamos, el objetivo era quedar del lado del sol y la posición natural de nuestras cabezas era con la pera hacia arriba. Como rezándole a los rayitos. Como pidiéndoles por favor. Como plantas.

Durante la Guerra Fría, las coordenadas de este lugar a dos mil quinientos kilómetros de Moscú, a más de doce mil de Buenos Aires y a cuatrocientos (para arriba) de la Estación Espacial Internacional, eran una incógnita. Había que despistar al enemigo.

Estando ahí se me cruzó la siguiente duda: si yo tuviera la capacidad de volar y quisiera ir a mi casa, ¿me convendría agarrar para la derecha o para la izquierda?, ¿aparecería por Chile?, ¿qué sería más práctico? Si uno juega a preguntarle a Google Maps cómo llegar desde allí hasta Plaza de Mayo, no da ninguna respuesta. Colapsa.

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Porque no todo es racional, psicoanalizados del mundo, ¡uníos! Aunque se trata de una ciencia hiper avanzada, antes del lanzamiento un sacerdote de la iglesia ortodoxa bendijo el cohete. Los periodistas mirábamos, los primerizos teníamos la boca medio entreabierta. A pura agua bendita, el hombre le lanzaba gotas a los motores, sonreía, le guiñaba un ojo a la cámara y hasta dejaba que su traje rojo-dorado y su pelo largo volaran con un inigualable flow, al son del viento del desierto.

Después el cosmonauta (así se dice en Rusia) y el astronauta (así, en EEUU) dieron una conferencia de prensa a través de un vidrio que los protege a ellos de las bacterias y a nosotros nos libera de la culpa que nos daría estornudar y arruinar una misión de la ciencia universal. Como yo estaba armando un informe sobre que en la órbita hay internet, le pregunté al ruso Fiódor Yurchikin qué diferencias sentía, en términos de comunicación, entre sus primeras misiones y las últimas. Mientras traducían la pregunta de inglés a ruso, se rió. Y luego respondió:

– Es la misma diferencia entre un bar con wifi y un bar sin wifi. En el que no hay internet, la gente charla. En el que tiene, no. Sucede lo mismo en el espacio.

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El cosmódromo está en medio de una estepa de tierra naranja y un cielo muy azul. Y custodiado por carteles de stop, alambres de púa, satélites para gigantes, víboras y arañitas. Se llega hasta ahí viajando una hora desde Baikonur, la pequeña ciudad en la que el tiempo parece no haber pasado desde 1961, cuando Yuri Gagarin se convirtió en el primer humano en ir al cosmos y volver. Tiene una plaza central, un bar abierto,  otro semicerrado, una feria, varios monumentos cósmicos, un inflable con forma de tobogán, un busto de Lenin, algunas fábricas vinculadas a lo espacial, un centro de entrenamiento, un hotel, otro para los cosmonautas, un supermercado y una computadora en medio de la calle con auriculares para que los chicos vivan una “experiencia cinco dimensiones en un cohete”. Las cañerías están por afuera del piso y en las ventanas de algunas casas se ven ositos de peluche.

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En otras, carteles que recuerdan que el 12 de abril se cumplieron 56 años de aquella gesta de Gagarin, que duró 108 minutos pero que confirmó que sí, que se podía. Cuenta ¿la leyenda? que cuando el hombre volvía hubo una falla y el paracaídas cayó cerca de la casa de una campesina. La señora estaba desconcertada:

– ¿Vienes del espacio?- le preguntó.

– Ciertamente, sí, pero no se preocupe: soy soviético.

Es uno de mis datos mitos preferido. El otro está más documentado y se trata de que Gagarin, al momento del lanzamiento, dijo ¡Поехали! (poiéhali). La expresión significa “¡vamos!” en tono let´s go. Por eso, cuando volví a Moscú y el conductor de un taxi me preguntó “¿poiéhali?”, tuve un pico de emoción. Porque le entendí.

Y es que cuento con los dedos de una mano (una mano deforme, de unos 18 dedos) las cosas que sé decir en ruso. Sólo me refiero a esas que enuncio con relativa naturalidad. Es decir, frases que consigo pronunciar sin que se me deforme la cara, se me abran los ojos como pensando, se me arqueen los labios como dudando, se me mueva la cabeza de un lado al otro en señal de rendición. Conmigo misma. Y con el interlocutor, que ruega que termine el incómodo momento de poner cara de que me entiende. Con el idioma avanzo lento pero avanzo: el otro día Dasha se enorgulleció al ver que me dictó algo y lo escribí en cirílico. Dio pequeños aplausitos de emoción, de esos sin sonido que se hacen bastante cerca de la cara.

El resto del tiempo vivo entre el orsai, la deducción y la mímica. Me ha pasado de escuchar una charla importante entre dos personas e interrumpirla para decir “¡dijiste ‘gato’! ¿no?” y que me respondan “no, dije ‘ventana’, suena parecido”. He intentado avisar a alguien que se estaba por tropezar gritando una palabra que significa “¡excelente!” en vez de “¡atención!” (отлично en vez de Осторожно).

Pero también me pasó de entender a una chica en el supermercado cuando dice que la caja está cerrada. Eso fue gracias a la técnica del descarte: “No creo que esté diciendo que hay evacuar ni comentando la visita de Macri a Trump ni ofreciéndome un viaje a Bahamas. Debe ser que la caja no funciona más”. Y ayer hasta me entendí con el vecino, que me comentó que le gustaron los cambios que hice en el pasillo en común y que la vela le da muy buen aroma.

Durante la conferencia de prensa de Baikonur alguien les preguntó cómo se iban a llevar en el espacio, dado que EEUU y Rusia no están en su mejor momento terrícola. El estadounidense dijo que el espacio es un lugar muy peligroso, que no da para llevarse mal. El ruso, que si alguna vez queremos ser una especie interplanetaria, tenemos que llevarnos bien.

Y me acordé de esta canción (que mi papá me manda semanalmente desde que vine a Rusia), escrita por Marcos Velásquez pero interpretada -entre otros- por Alfredo Zitarrosa:

“Cuando el hombre comprende sus intereses, el planeta se achica y su idioma crece. Bravos lingüistas del diccionario, vayan juntando vocabulario que ha de llegar el día, si es necesario, en que se hable un lenguaje interplanetario”.

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