La niña Irina y sus gatos marroquíes

En Marruecos los gatos cumplen la función de los perros: son ellos los que duermen en las terminales, los sin dueño, los vagabundos, los que no se sabe qué comen. Los hay de a montones, gatos non stop, happy hour de gato. Créase o no, tienen un andar más canino, lento, vago que lo que nosotros entendemos como gatúbelo -sigiloso y veloz-. Es un rol pasivo, de supervivencia.

Irina, que cuando sea grande será ‘inventora y veterinaria’, se pasaba el día correteándolos por cada rincón de la medina, el centro amurallado de Essaouira. Sólo quería acariciarlos porque extrañaba al suyo, gato Mario. La mamá sobreactuaba los retos, porque en realidad no podía ocultar la ternura que le provocaba esa pequeña catalana de 11 años absolutamente fuera de control. ¡Vale, Irina, que tienes todas las manos llenas de pelos! ¡Joder, que no puedes quedarte en cada uno que veas! Hija, ¿a quién se le ocurre convidarle sardina a un gato? ¡No se irá nunca más!

La conocimos en Merzouga, a Irina. Hacía mil grados y nos mecíamos entre camellos flasheando desierto. Esa noche la pasamos en un campamento, lejos de todo, a 50 kilómetros de la frontera (cerrada) con Argelia. Dormimos sobre unas mantas, encima de un médano y debajo de una rave de estrellas fugaces. Una holandesa preguntó dónde quedaba el baño.

Al día siguiente Irina pasó las horas de viaje hacia la costa dibujando inventos en un cuadernito: un reloj con teclado -le contamos que un poco ya existía-, una valija que se convierte en patineta y otras cosas que son secreto porque algún día las patentará.

Todavía era Ramadán esa noche en la que cenamos viendo Italia contra Alemania. Yo al principio no supe por quién hinchar hasta que me acordé de la final del mundo y etcétera. Irina se había pedido un jugo de naranja.

Después del partido el bar quedó vacío. Nosotros nos quedamos hasta tarde porque -después de un mes- habíamos conseguido alcohol (acá sólo venden a los turistas y en contados lugares). Irina contó que le gustaba la nueva alcaldesa de Barcelona. Su mamá agregó que Ada Colau puede llegar hasta a ser presidenta. Nosotros dijimos lo mismo pero en referencia a Tinelli. Y nos reímos solos. Después les contamos contexto: que ganó un tal Macri, que tiene un rollo con su papá, que el tarifazo y la inflación. Irina dijo que, para ella, que alguien no tenga trabajo no es motivo para que no tenga comida. Hablamos sobre nuestra dictadura y su guerra civil. Irina repreguntó algunas cosas, pidió detalles sobre sobre los términos ‘izquierda’ y ‘derecha’ y rumió durante unos minutos. Después empezó a pensar en voz alta:

– Es que lo que debería ocurrir es que un famoso se diera cuenta de que es injusto. O… también esto cambiaría si nos diéramos cuenta de que la mayoría pensamos así, ¿no?

Nadie supo qué decirle y se nos atragantó la boloñesa.

– Pero es que es injusto que unos no trabajen nada y tengan todo el dinero y otros trabajen miles de horas y tengan poco.

Las luces estaban -eran, son en todos lados por acá- bajas, tenues, antiguas, románticas, no sé. En general las lámparas son de bronce y tienen agujeritos. O son de vidrio, de colores. La música era profunda, como de película, pero más bien creo que era porque ya querían que nos fuéramos. Siguió hablando, Irina. Buscaba soluciones y se frustraba: ¿y si todos nos diéramos cuenta? ¿y si los ricos se arrepintieran? ¿por qué algunos tienen mansiones? En un momento, sin parar de hablar, se puso roja y se le desbordó la primera lágrima. Antes de que saliera la segunda se lanzó sobre la falda de la mamá a llorar. Ella le acarició la cabeza y esperó.

No sé quién fue el primero que dijo lo que todos estábamos pensando: ¡Pidamos un postre! Pero no había. Así que salimos a tomar aire por el pueblo, más de la doce. En Ramadán el ayuno termina 19.50 y vuelve a empezar a las 3.30. Las horas que quedan en el medio se vuelven cruciales y el clima en la calle, especialmente potente. Irina me agarró de la mano para caminar y la agitaba, como hacen las caricaturas que hacen de los niños. Hasta que por suerte, entre unas máscaras senegalesas, vio que había un gato.

Anuncios

Un comentario sobre “La niña Irina y sus gatos marroquíes

Agrega el tuyo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Create a website or blog at WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: