Qué tragedia la revolución, pero qué feliz la vida soviética

Julia Muriel Dominzain y Diego Gonzalez / Publicado en Revista Anfibia

—¿Si ves en la universidad de Moscú a un muchacho con la remera de Lenin, qué pensás?

—Que es un freak, un geek, un romántico que no entiende nada.

A Lena la pregunta le causa un poco de gracia al estilo “boludeces no” que disimula maniobrando una ensalada de morrón y berenjena, una olla de hongos silvestres salteados, un potecito con crema smetana. Está a punto de sentarse a comer cuando se acuerda de las papas hervidas. Entonces va camino al sillón porque ahí dejó la olla, envuelta en una frazada gruesa, para que no se enfríe. Esto es Rusia.

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Suzdal

A lo largo de la ruta Suzdal-Moscú, en vez de verde pampeano hay blanco nevado, en vez de vender naranjas venden osos de peluche gigantes color pastel y en vez de policía hay cámaras invisibles y maquetas (¡maquetas!) de patrulleros. Mientras recorríamos esos kilómetros congelados del ‘anillo de oro’, venía pensando en que así (como la foto) es más o menos como uno se imagina Rusia. A eso le sumamos hoces, martillos, lenines y Putin, y sale la postal.

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El lenguaje interplanetario de Baikonur

“Lo de mañana lo vamos a recordar siempre, ¿no? En general lo increíble es azaroso pero esto ya lo sabemos por adelantado”, dijo uno de los camarógrafos rusos del equipo. A todo el resto nos pareció que tenía razón: estábamos en Baikonur a punto de cubrir el lanzamiento de un cohete tripulado. Y entonces asentimos, mientras hacíamos fotosíntesis. Es que los seis traíamos encima infinitos meses de frío gris y el cielo despejado de la estepa de Kazajistán nos parecía un artículo de primera necesidad. O droga. A cada paso que dábamos, el objetivo era quedar del lado del sol y la posición natural de nuestras cabezas era con la pera hacia arriba. Como rezándole a los rayitos. Como pidiéndoles por favor. Como plantas.

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Mil likes para Rubén

Cuando Rubens me dejó un mensaje en el muro de Facebook yo no sabía quién era Rubens. “Julia, ¿qué relación tienes o tuviste con Leslie, Otto y Sergio?”, escribió. Aparentemente Rubens sí tenía algunas pistas sobre quién podía ser yo: esos tres que mencionaba eran mi abuelo uruguayo y sus hermanos.

Lo stalkié un poquito a Rubens, a ver qué onda. Nunca había mirado con tanto detalle el muro de un viejo: vi que compartía imágenes de Tabaré Vázquez, Betty Boop, Jesucristo y Víctor Jara con la misma frecuencia. Que posteaba certificados que supuestamente demuestran que Carlos Gardel nació en Uruguay. Que de perfil tenía una foto de una foto con una señora que parecía ser su mujer. Estamos hablando de un señor que nació en 1936, información que también aparecía en su perfil. Sigue leyendo

Una bañadera cerca de Siberia

“¿Viste la cantidad de aires acondicionados que hay en ese edificio, uno al lado del otro?”, me preguntó alguien que me aburría mucho. Fue hace años, mientras fumábamos en la puerta de un bar. No se refería al calor en la ciudad ni al crecimiento económico. Su comentario no remitía a ningún concepto: simplemente enunciaba objetos y esperaba algún tipo de respuesta empática que yo nunca lograba darle. Me salía, a lo sumo, un “ajá” y mirar al cielo, como pensando dios, por qué, quién inventó los vínculos de compromiso. Un rato antes me había querido incluir en una conversación de veintitrés minutos ininterrumpidos sobre distintos tipos de bañaderas -más curvitas, rectangulares, grandes, chicas, blancas, cremita-.

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Borlas

No soy nada católica pero milito abuelos como loca. Y una cosa llevaba a la otra: cada 8 de diciembre, la cita para armar el arbolito en su casa de Barracas era religión. Yo me ponía lo más creativa que podía, tiraba lo viejo, recauchutaba una guirnalda y compraba alguna borla nueva. Ellos festejaban el resultado en exceso, me quedara como me quedara, a lo traigan vino juega lacadé. Supongo que algo de esa hormona que se activa en la abuelidad les despertaba unos qué lindo qué hermoso quedó buenísimo que sonaban re verosímiles para mi niña interior.

El primer año sin mi abuelo, mi abuela y yo lo armamos lento. Nos costaba. Borla tras borla, esquivábamos nudos en la garganta. No queríamos terminarlo nunca porque  implicaba enfrentar que él no iba a estar para traer la reflex, sacar la foto, darse cuenta de que no había corrido el rollo, reírse, hacernos reír, volverla a sacar. Tampoco estaría para mirar el arbolito y decir “¡Qué maravilla!”

Pero como todo concluye al fin, nada puede escapar y etcétera, en algún momento el objeto invernal quedó listo en el húmedo diciembre porteño. Y les juro por su terraza, por sus azaleas, por el olor a baldosa antes de llover, por las empanaditas que hacía ella, por los recortes de diario que obsesivamente guardaba él y por todos los papanoeles y milagros navideños del mundo, que en ese instante un nene de 4 años se asomó al balcón de enfrente. Y que, como si el universo supiera que precisábamos aliento, gritó señalándonos: “¡Mirá, mamá, vení a ver qué lindo arbolito!”

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Bocanadas de Moscú

Mañana de miércoles. Fines de noviembre. Once grados bajo cero en la capital rusa. ¿Plan? Estudios médicos obligatorios. Como le tengo fobia a las agujas, no me sorprendió despertarme con sensación de tragedia grecoromanolatina y visualizar un destino fatal, un conflicto irresoluble, protagonistas dramáticos, luchas, éxodos, caballos, cantos líricos, héroes y agrandá tu combo por cincuenta centavos. Pero recuerdo que me lo tomé con calma. Que fuimos hasta una clínica y que le dije a la traductora que era mejor si me sacaban sangre acostada porque solía bajarme “un poquito” la presión. Que sonrió levemente. Que acoté: “en serio”. Que sonrió de nuevo. Que una señora con pelo colorado, ojos turquesa y labios rojos me agarró el brazo. Que metió la aguja. (La puta madre) Que sacó sangre. (Qué bronca). Y que basta para mí, basta para todos.

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